Pasado, presente y FUTURO de Canal Red Latinoamérica | LA BASE

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El exilio de Julia de Burgos

Tes Nehuén

    Julia de Burgos es una de las poetas más fascinantes de Latinoamérica; sin embargo, poco se habla de las razones que la llevaron a abandonar Puerto Rico para afincarse en Estados Unidos. En este artículo repasamos su vida y te contamos los detalles de su migración. No olvides visitar nuestro canal literario, donde […]


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Luis Martín Santos y Tiempo de Silencio: una mirada a la fatalidad

Este año se cumple un siglo del nacimiento de Luis Martín Santos; también sesenta años de su muerte temprana en un accidente de tráfico. Cuando se dispuso a escribir Tiempo de silencio, su mayor novela, predominaba en la literatura del momento el realismo social; él trató de superar su pretensión de objetividad recurriendo al polo opuesto, a una subjetividad en la que la ironía y el barroquismo en el lenguaje ensancharan caminos.
A diferencia de muchos textos de la época, aquí no encontramos un protagonista colectivo, sino uno individual (Pedro); no apreciamos conductismo, sino el análisis de un fracaso personal y profesional; y tampoco hay personajes simplemente buenos y humillados o malos y ociosos, sino interrelación de esos caracteres en función de las circunstancias. Carga intelectual, técnica y originalidad en la expresión son los otros tres ingredientes que explican que esta obra abriera, cuando apareció en 1962, un tiempo nuevo.
Para comprender a fondo el relato, conviene conocer la dedicación del escritor al campo de la medicina: fue cirujano y psiquiatra, y sus vivencias se traspasan a la trama de la novela, además de aportar maneras de ver y describir; también era un buen conocedor de la literatura clásica y moderna y hombre de talante abierto y liberal, en oposición al régimen. Fue detenido más de una vez y ese hecho tiene influencia, igualmente, en Tiempo de silencio.
Casi unánimemente desde su publicación, esta historia fue considerada excepcional por su visión sarcástica de la realidad, su distanciamiento crítico y el dibujo nihilista de tipos humanos inconsistentes, completamente convencionales. Son escasos los personajes en el texto, e inseparables de los espacios donde se desenvuelven; casi podemos hablar de simbiosis. Los sucesos narrados parecen un pretexto para captar el sentido del desarrollo individual en una sociedad concreta (la española de los sesenta); estos individuos se sitúan a medio camino entre la entidad propia y la representación de grupos sociales.
Pedro pertenece a una pequeña burguesía acomodada, al igual que el director del Instituto en el que trabaja como investigador. Aspiran a un mayor poder en la práctica y guardan apariencias de moralidad (dice el director al primero: Yo diría que no basta con responder a ese minumum de honestidad, sino que es necesario además aparentarlo (…) Está usted libre de toda acusación, pero no -fíjese bien- no de toda sospecha). En el mismo espectro, aunque venido a menos y desde la nostalgia, se englobarían la abuela, la madre y la hija que llevan la fonda a la que acuden tipos diversos, desde funcionarios a toreros o bailarines.
Por otro lado se encuentra una aristocracia desaprensiva y culta, a la que pertenece Matías, amigo de Pedro, su madre, sus amistades, el abogado… Se mueven en salones que deslumbran, acuden a conferencias-rito y tienen acceso a la clase dirigente (Están más allá del bien y del mal porque se han atrevido a morder la fruta de la vanidad o porque se la han dado ya mordida y la respiran como un aire que no se siente ni se toca).
Amador, bedel del Instituto, representa por su parte el mundo de los cansados, de los que cumplen con una posición servil encomendada y hacen lo que pueden por no perder su trabajo. Viven para el cumplimiento de una obligación dictada. Una vida casi animal corresponde al mundo del indigente (el Muecas y su familia, Cartucho), representantes de “los soberbios alcázares de la miseria”, y completan el abanico social las prostitutas del burdel de doña Luisa.
Parecen luchar estos personajes, a brazo partido, con su propia existencia, guiados por una ilusión de libertad, siendo esta siempre limitada. Pedro puso sus empeños en hacer avanzar su carrera como científico y fue despedido, viéndose envuelto en un proceso delictivo, el asunto del aborto de Florita, una de las mujeres de la pensión. Casi sin darse cuenta, se ve comprometido con Dorita y toma el camino de la huida hacia el pueblo. Matías no llegó mucho más lejos, aprisionado entre el alcohol, el sexo e iniciativas culturales anodinas; Amador actúa impulsado por el miedo, de ahí su traición a Pedro; Dorita es una mujer programada por su madre y por su abuela para la conquista de Pedro; el Muecas no ha tenido otra ocasión de ejercer más existencia que la animal; la vida de Cartucho es puro instinto y Doña Luisa, dueña del burdel, es ya una mujer del todo deshumanizada.
Es evidente que la novela plantea cuestiones sociales, aunque no sean estas las únicas presentes. Se dibuja una sociedad, la del momento, muy compartimentada, pero también se esboza, más allá, un carácter nacional en el que los mitos son destruidos a través de la ironía, la ridiculización o la hipérbole.
Ya en el terreno individual, como dijimos, los personajes de Tiempo de silencio son definidos por la presencia de un proyecto vital o por su ausencia, aunque no dejan de ser las circunstancias las que manifiestan la enorme distancia entre lo que se proyecta y lo que se realiza. En la vida de Pedro, figura central, toda una serie de circunstancias se van enmarañando hasta estrangular sus planes hacia el futuro, sus anhelos. En este sentido, podemos acordarnos de los héroes barojianos. Y la fatalidad de los hechos exteriores acaba terminando también con los deseos del resto, salvo con los de quienes, por no tener sueños, no pueden abandonarlos.

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Aqueteleo Itinerante 2024 en Zaragoza, Bilbao y Madrid

Julián Pérez Porto

Hoy y mañana (viernes 22 y sábado 23 de marzo), el festival de carácter itinerante Aqueteleo llenará a Zaragoza de actividades culturales para disfrutar de modo gratuito aunque reservando lugar con cierta anticipación a través del siguiente enlace: https://entradas.aqueteleo.es/. Se trata de un evento multidisciplinario nacido como versión “en movimiento” de un acontecimiento literario nacido […]


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Bitcoin: Aún hay codicia. 22/3/24-9h 30m José Luis Cava

#etfbitcoin #bitcoin

#cava #bolsacava

De momento, los mercados de bonos consideran que el FED tiene el control de la inflación.

Los indicadores de sentimiento señalan que aún en el Bitcoin hay codicia, lo que dificulta el desarrollo de un nuevo balanza.

Más de José Luis Cava:

-Curso de Especulación | Un sistema de especulación que te cambiará la vida: https://conectate.estrategiasdeinversion.com/curso-de-especulacion-jose-luis-cava/

-Twitter: https://twitter.com/jluiscava

-Instagram: https://www.instagram.com/joseluis_cava/

Empar Fernández. Entrevista a la autora de El miedo en el cuerpo

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Empar Fernández nos concede esta entrevista

Empar Fernández. Fotografía: perfil de la autora en LinkedIn.

Empar Fernández nació en Barcelona en 1962. Se licenció en Psicología Clínica y en Historia Contemporánea e imparte clases de Historia en un instituto público que compagina con su faceta como escritora. También firma guiones en la producción de documentales históricos. En su trayectoria literaria ha abarcado varios géneros, aunque en el que más se ha movido ha sido en la novela negra. Asimismo, ha publicado títulos tanto en solitario como en colaboración con otros autores como Pablo Bonell Goytisolo (en Cienfuegos, 17 de agosto o la serie protagoniza por el inspector Escalona) o Judith Pujadó (las obras satíricas Planeta ESO). Y toca la ficción tanto como la no ficción (por ejemplo, con el título divulgativo La jornada interminable).

De entre sus obras podemos destacar, entre otras, la Trilogía de la culpa (La mujer que no bajó del avión, La última llamada y Maldita verdad, que estuvo nominada al Premio Hammet y ganó el Tenerife Noir y el Cubelles Noir), Hotel LuteciaLa epidemia de la primaveraSerá nuestro secreto y El miedo en el cuerpoEn esta entrevista nos habla de ella. Le agradezco mucho su tiempo y amabilidad dedicados.

Empar Fernández — Entrevista

  • ACTUALIDAD LITERATURA: Tu última novela se titula El miedo en el cuerpo. ¿Qué nos cuentas en ella y por qué va a interesar? 

EMPAR FERNÁNDEZ: Se titula El miedo en el cuerpo porque el título alude al horror que invade a los padres cuando pierden de vista a un hijo pequeño. En esta novela Daniel, un niño autista, desaparece y su madre se derrumba. El hecho de que Daniel tenga un trastorno del espectro autista le impide pedir y recibir ayuda y eso hace que su localización sea mucho más difícil.

  • AL: ¿Puedes recordar alguna de tus primeras lecturas? ¿Y lo primero que escribiste?

EF: Mis primeras lecturas fueron series enteras (Tintín, Los Cinco, Los Siete Secretos…). Todas ellas fueron publicadas por la editorial Juventud en cuyo almacén trabajaba mi padre. Y el primer relato que escribí se titulaba Historia de una silla y fue premiado en un certamen escolar.

  • AL: ¿Un autor de cabecera? Puedes escoger más de uno y de todas las épocas. 

EF: Henning Mankell, Patricia Highsmith, Georges Simenon, John Irving o Joyce Carol Oates, entre otros.

  • AL: ¿Qué personaje te hubiera gustado conocer y crear? 

EF: El comisario Maigret y Kurt Wallander.

  • AL: ¿Alguna manía o costumbre especial a la hora de escribir o leer? 

EF: Tengo la manía de leer antes la prensa del día y de compartir el primer café con amigos.

  • AL: ¿Y tu sitio y momento preferido para hacerlo? 

EF: Siempre escribo por la mañana y en silencio absoluto. No necesito mesa, solo si preciso documentarme porque la acción transcurre años atrás. Escribo en una butaca orejera con un ordenador pequeño, tipo Notebook.

  • AL: ¿Qué otros géneros te gustan? 

EF: La novela histórica, pero si se refiere a la Historia contemporánea (siglos XIX y XX).

Panorama actual

  • AL: ¿Qué estás leyendo ahora? ¿Y escribiendo?

EF: Estoy leyendo Ciudad muerta, editada por Sajalín. Estoy escribiendo una novela juvenil pensada para lectores de 14 a 18 años, una novela de sentimientos complejos y, en ocasiones, contradictorios en la que la fatalidad juega un papel muy importante.

  • AL: ¿Cómo crees que está el panorama editorial?

EF: Difícil. Creo que cada vez más desde los medios de comunicación se trata de concentrar el interés en un puñado de nombres y de editoriales. Que dos grandes grupos dominen el panorama editorial actual entorpece la supervivencia de aquellos editores y escritores que no figuran en la nómina de dichos grupos empresariales.

  • AL: ¿Qué tal estás llevando el momento actual que vivimos? 

EF: La verdad es que cada vez siento más temor ante las circunstancias (ambientales, geopolíticas, incluso evolutivas en tanto a especie). Me preocupan muchas de las cosas que leo o veo a diario y desconfío de la utilización que podamos hacer de la IA.


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Las guerras de nuestros antepasados: Carmelo Gómez y la víctima de la bondad

Cuando a Miguel Delibes le invitaban a explicar qué sentía al ver a los personajes de sus novelas encarnados por actores en el teatro o en el cine, era sincero: en la compilación de textos He dicho (Destino, 1996), dejó escrito que en un principio veía en esos intérpretes a entrometidos que no se corresponden con las figuras que él imaginó, ni con sus maneras ni con su físico. Pero reconocía también que esa apreciación primera desaparecía cuando percibía que el actor se identificaba con el personaje y llegaba a hacer de él su creación; en esos casos, señalaba, se va operando en la cabeza del autor un proceso de subrogación, la figura del actor se agiganta en tanto la imagen ficticia del personaje se va desvaneciendo poco a poco (…). No solo la imagen figurante terminará desplazando al ente imaginario, sino el autor aceptando que el difuminado personaje imaginado ha desaparecido para convertirse en un ser de carne y hueso. Afirmaba por eso, en sus últimos años, que no podría recrear ya el físico de alguno de sus protagonistas novelescos sin recurrir a la imagen de quienes les dieron vida, y en esa ocasión ponía como ejemplos a Lola Herrera (Carmen Sotillo) y Paco Rabal (el señor Cayo).
Podemos atrevernos a pensar que ese curioso fenómeno de subrogación, de nuevo en sus palabras, habría vuelto a ocurrirle con Carmelo Gómez en el nuevo montaje de Las guerras de nuestros antepasados, ahora en gira tras su paso por el Teatro de Bellas Artes de Madrid en la pasada primavera (allí recalará de nuevo en mayo). No es la primera vez que esta novela es llevada a los escenarios: este mismo espacio madrileño acogió su estreno en 1989, con José Sacristán como Pacífico Pérez y Juan José Otegui como el doctor Burgueño; ahora es Miguel Hermoso quien da la réplica a Gómez.

Las adaptaciones teatrales de obras de Delibes (Cinco horas con Mario, Señora de rojo sobre fondo gris) se han realizado a partir de monólogos; Las guerras es un diálogo, pero el personaje del psiquiatra Burgueño no aporta contenido a la trama, sino que la contextualiza y formula también las preguntas necesarias para que Pacífico de forma a su personalidad y su pasado, relacionados estrechamente con su propio nombre, como era habitual en la literatura del autor de Valladolid, y este, a su vez, con el momento histórico que vivió, apunte que aporta realismo.
Este hombre se encuentra en la cárcel, ya gravemente enfermo de los pulmones, y conversa con el médico del sanatorio penitenciario; sabremos desde el principio que se le ha acusado de asesinar dos veces, pero el espectador no tardará demasiado en dudar de que haya sido capaz. Su primer recuerdo será para su bisabuelo, su abuelo y su padre, figuras todopoderosas en el conjunto de su vida y en este relato, sobre todo los dos primeros, y marcados por las guerras a las que por generación tuvieron que acudir (la Carlista, la de Marruecos y la Civil), que ellos evocaban una y otra vez, regodeándose en su violencia, en cómo hicieron uso de la bayoneta uno, del fusil otro, y de bombas el tercero. Convencidos, por esa tradición, de que toda generación tiene su contienda y de que mientras haya hombres habrá guerras, esperan que llegue la de Pacífico a la vez que atisban, con una preocupación que se va acercando al odio, que el nieto no tiene talante ni deseo de lucha, sino una sensibilidad muy distinta: callado, disfruta de la contemplación de la naturaleza y no ve ningún motivo de satisfacción en el sufrimiento. Frente a la belicosidad de quienes lo rodean (como tantos pueblos, el suyo está enfrentado al de al lado, y sus vecinos no consienten siquiera que el cura se refiera a que todos son hermanos), Pacífico tiende al silencio y encontrará complicidad en su tío Paco -siempre habrá un familiar, más o menos cercano, con un carácter común-; también, lo sabremos más adelante, paz en la cárcel, frente a tanta sangre caliente.
Si no le duelen prendas, a Pacífico, para explicar episodios que prueban su carácter sensible y que el médico -y el público- podrían tomar por fantásticos, como su sensación de experimentar el dolor de las truchas al ser pescadas y el de los árboles al ser podados, o la de notar una bombilla dentro, sí detectaremos que algo no nos explica del todo cuando aborda las muertes que le llevaron a prisión: la del hermano de su novia, la Candi, mujer de carácter muy distinto al suyo y por quien tendía a dejarse llevar; y la de un trabajador de la cárcel (de esta última sí terminará confesando que no es responsable, que no será él quien incrimine a otro y que inocentemente espera que, llegada la necesidad, sea el culpable quien diga la verdad). Pacífico, que se llamaba como muchos en su tiempo y hablaba absolutamente como todos, con las expresiones de cualquiera de nuestros abuelos, es en realidad un hombre singular, chocante como él decía con sorna: un personaje trágico, de una bondad tan pura que no podía arrastrarlo sino al peor de los lugares. O casi. Al consejo de su padre, sangra o te sangrarán, Pacífico, no hay otra alternativa, él vino a elegir lo segundo.
Con la dirección de Claudio Tolcachir, y una adaptación fiel a la novela a cargo de Eduardo Galán en la que participó Carmelo Gómez (se ha respetado la estructura del libro en siete entrevistas que, a veces, se enlazan entre sí en cuanto a temas), esta versión de La guerra de nuestros antepasados se envuelve de una escenografía sencillísima y casi abstracta, que permite a los dos personajes elevarse o encogerse según el momento narrativo sin distraer al espectador de sus palabras, ni de las interpretaciones. Impecable la de Hermoso, memorable la de Gómez.
 

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