Juan Carlos Mestre reúne medio siglo de poesía en «Asamblea»

Isaac

Retrato de Juan Carlos Mestre

La publicación de «Asamblea. Poesía reunida 1975-2025» se ha convertido en uno de los hitos literarios más relevantes del panorama poético español reciente. El volumen, editado por Galaxia Gutenberg, reúne en torno a mil quinientas páginas que recorren, libro a libro, el medio siglo de escritura de Juan Carlos Mestre, poeta y artista visual nacido en Villafranca del Bierzo (León) en 1957. Desde sus primeros textos casi secretos hasta los avances de su próximo poemario, el libro ofrece una mirada completa a una de las voces más singulares de la lírica en lengua castellana.

Esta obra total no solo pretende celebrar una trayectoria consolidada, sino fijar la versión definitiva de cada libro, fruto de un minucioso trabajo de revisión y reordenación llevado a cabo por el propio Mestre. En un contexto europeo marcado por tensiones políticas, desigualdades crecientes y un cierto cansancio democrático, la aparición de un proyecto literario tan ligado al compromiso ético y a la memoria histórica aporta una perspectiva poco complaciente pero profundamente humanista.

Un volumen monumental para cincuenta años de poesía

«Asamblea» se presenta como un tomo voluminoso que impresiona tanto por su tamaño físico como por la densidad imaginativa que contiene. En sus alrededor de 1.500 páginas caben cinco décadas de escritura, lo que, como ha señalado con ironía Antonio Gamoneda, vendría a ser un promedio de unas treinta páginas de poemas por año de trabajo constante. Esta escala permite seguir de manera continua la evolución de la voz de Mestre, sus obsesiones temáticas y su particular forma de mezclar memoria, sueño y crítica social.

El libro reúne todos los títulos poéticos publicados por Mestre hasta la fecha, desde las primeras plaquettes juveniles hasta los libros más reconocidos por la crítica. Se incluyen sus dos series iniciales, «Siete poemas escritos junto a la lluvia» y «La visita de Safo», así como los volúmenes que marcaron su consolidación, entre ellos «Antífona del otoño en el valle del Bierzo», «La poesía ha caído en desgracia», «La tumba de Keats», «La casa roja», «La bicicleta del panadero» o «Museo de la clase obrera».

Además de la obra ya conocida, «Asamblea» incorpora un conjunto de poemas inéditos que avanzan su próximo libro, «El ciprés descapotable». Se trata de veintiún textos que funcionan como una ventana hacia la etapa más reciente del autor, donde persisten su tono visionario y su voluntad de interrogar la realidad política y moral desde una imaginación desbordante. Esta sección inédita otorga al volumen un carácter de estreno y no solo de recopilación.

Otra de las piezas clave del volumen es la primera traducción íntegra al castellano de «200 gramos de patacas tristes», libro originalmente escrito en gallego, la lengua de la infancia del poeta. La versión corre a cargo del joven poeta Mario Obrero, que traslada al castellano una serie de retratos emocionados dedicados a quienes fueron silenciados o marginados históricamente. Esta traducción amplía el acceso del público hispanohablante a un libro considerado fundamental dentro de la producción reciente de Mestre.

El recorrido se cierra con un apéndice titulado «Poesía primera», donde se integran las series escritas en la década anterior a la aparición de «Antífona del otoño en el valle del Bierzo». Estas páginas permiten ver al poeta en sus tanteos iniciales, cuando comenzaba a fijar un universo propio en el que se mezclan mitologías personales, memoria familiar, referencias culturales y una sensibilidad política en ciernes.

Gamoneda y Doce: dos miradas críticas para enmarcar la obra

El volumen no se limita a apilar libros anteriores, sino que se articula como una verdadera edición de referencia acompañada de textos de lectura imprescindibles. En primer lugar, el poeta Antonio Gamoneda abre el tomo con un largo poema de presentación, seis páginas de tono afectivo y reflexivo en las que se dirige a Mestre como «hijo» y «maestro», subrayando la relación de complicidad intelectual y humana que les une.

En ese texto de apertura, Gamoneda mezcla la ternura personal con una honda preocupación por el presente político y social. Ante un contexto que describe como amenazante, en el que «hoy es ayer» y parece imponerse una regresión histórica, el poeta leonés plantea la tentación de una «huida al pasado» como refugio, sin dejar de advertir sobre los peligros de esa nostalgia. Su intervención sitúa la poesía de Mestre en un territorio de vigilancia y resistencia frente a los nuevos autoritarismos, tanto en España como en el conjunto de Europa.

Junto a este prólogo en forma de poema, el crítico y poeta Jordi Doce firma la introducción ensayística titulada «El testimonio de la imaginación». En ella explica por qué sitúa a Juan Carlos Mestre en un lugar prácticamente de excepción dentro de la poesía española reciente. Doce destaca que su obra no se deja encasillar en escuelas ni etiquetas críticas al uso, y que sostiene una coherencia poco frecuente pese a sus continuas metamorfosis formales.

Para Doce, la obra de Mestre se caracteriza por una imaginación verbal deslumbrante y una fidelidad a los «imperativos de la imaginación», que actúan como brújula estética y ética. Subraya también la forma en que sus libros constituyen una «asamblea» de voces excluidas: vivos y muertos que nunca tuvieron palabra pública, reunidos en el poema para afirmar su existencia y su verdad. Esta idea da sentido al título del volumen y enlaza con la dimensión política que atraviesa su escritura.

El crítico recalca igualmente que en Mestre no existe una separación nítida entre la palabra escrita, la oralidad performativa y la creación plástica. Sus recitales con músicos como Amancio Prada o Cuco Pérez, así como su labor como pintor, grabador y creador de cajas y artefactos visuales, forman parte de un mismo impulso creativo. La edición de «Asamblea» permite comprobar cómo esa fusión de lenguajes se traslada a la página, donde el poema suele funcionar como un espacio de imágenes en movimiento.

Biografía de un poeta entre el Bierzo, Barcelona, Chile y Roma

Detrás de este corpus poético se encuentra una trayectoria vital marcada por los desplazamientos, el activismo y la fidelidad a un origen humilde. Juan Carlos Mestre nace el 15 de abril de 1957 en Villafranca del Bierzo, en una familia ligada a oficios como la panadería y la sastrería. Desde muy joven escribe poesía y se aproxima a un pensamiento progresista alimentado por su entorno y por figuras clave que se cruzan en su camino.

A mediados de los años setenta, se traslada a Barcelona para estudiar Ciencias de la Información. Allí combina los estudios universitarios con el compromiso político en plena transición española, y comienza a trabajar como periodista en una prensa vinculada al pensamiento disidente. En esa etapa conoce a la pintora y poeta chilena Alexandra Domínguez, que se convertirá en su compañera de vida y de proyectos creativos.

Sus primeros libros, «Siete poemas escritos junto a la lluvia» (1981) y «La visita de Safo» (1983), abren el territorio del deseo y de la exploración amorosa, con un lenguaje en el que ya asoman el juego con la tradición clásica, la ironía y una fuerte carga sensorial. Críticos como Antonio Pereira vieron en aquellas obras iniciales la promesa de un autor dispuesto a empujar los límites del discurso poético, partiendo de la experiencia personal pero cargándola de resonancias colectivas.

A mediados de los ochenta, Mestre se instala en Concepción (Chile), un periodo decisivo tanto en lo biográfico como en lo literario. Allí escribe «Antífona del otoño en el valle del Bierzo», que recibe el Premio Adonáis de 1985 y que convierte la memoria familiar y el paisaje natal en materia central de su poesía. El libro convierte la herencia de panaderos y sastres en una especie de mitología íntima que dialoga con la historia política y social.

De esa etapa chilena procede también el material que dará lugar a «La poesía ha caído en desgracia» (1992, Premio Gil de Biedma), donde la experiencia del autoritarismo y la violencia política se filtra en los poemas a través de imágenes que oscilan entre la desolación y la esperanza. La mirada del poeta se afila frente a la represión y las injusticias, pero sin renunciar a la dimensión onírica y visionaria que caracteriza su estilo.

Reconocimientos, grandes libros y compromiso cívico

Desde finales de los años ochenta, Mestre se instala en Madrid, ciudad en la que continúa desarrollando su doble faceta de escritor y artista visual. Su obra poética va creciendo con títulos que consolidan su presencia en la literatura española contemporánea, a la vez que se multiplican sus exposiciones de pintura, grabado y libros de artista en Europa, América Latina y Estados Unidos.

Durante el curso 1997-1998, el poeta reside en la Academia de España en Roma, una estancia que cristaliza en «La tumba de Keats» (1999, Premio Jaén). En este libro, los sueños de juventud, la tradición artística y las utopías liberadoras se confrontan con la historia de una Roma milenaria donde también se acumulan ruinas y fracasos. El poema largo que da título al libro funciona como una meditación sobre la propia escritura y sus límites.

La madurez de su proyecto poético se afirma con obras como «La casa roja» (Premio Nacional de Poesía) y «La bicicleta del panadero» (Premio de la Crítica), donde el autor trenza memoria personal, denuncia social y un imaginario poblado de personajes desamparados, animales, objetos cotidianos y referencias culturales de todo tipo. El tono oscila entre la ternura y la ferocidad crítica, en un lenguaje que no renuncia a la belleza pero tampoco a la incomodidad.

En «Museo de la clase obrera» (2018), Mestre ensaya una incursión en los límites del lenguaje para atravesar los escombros del siglo XX. El libro propone una suerte de catálogo poético de la memoria obrera, los fracasos revolucionarios y las formas de explotación que persisten en el capitalismo tardío. La poesía se convierte en un espacio de archivo y reparación, aunque sin caer en la solemnidad académica.

Escrito en gallego, «200 gramos de patacas tristes» (2019) recupera voces y rostros de quienes fueron ignorados por la historia oficial. Se trata de retratos breves de personas corrientes, muchas veces golpeadas por la pobreza o la represión, a las que el poema otorga una dignidad que los discursos dominantes les negaron. Este libro refuerza la idea de la poesía como acto civil y gesto de restitución simbólica.

A lo largo de estas décadas, la obra de Mestre ha sido objeto de traducciones a diversas lenguas y ha recibido un reconocimiento sostenido. Entre otros galardones, en 2017 obtuvo el Premio Castilla y León de las Letras por el conjunto de su obra, y en 2018 fue distinguido con la Medalla Europea «Homero» de Poesía y Arte. En 1999 recibió una Mención de Honor en el Premio Nacional de Grabado de la Calcografía Nacional, que subraya la importancia de su faceta plástica.

Influencias, maestros y genealogía poética

La construcción de este universo creativo no puede entenderse sin las figuras que funcionaron como faros literarios y vitales para Mestre. Entre las más determinantes se encuentra Gilberto Núñez Ursinos, escritor berciano cuya temprana muerte dejó una huella indeleble. La víspera de su suicidio, dejó en la panadería del padre de Mestre un paquete con tres libros fundamentales: «Los cantos pisanos» de Ezra Pound, «Anábasis» de Saint-John Perse y «Sublevación inmóvil» de Antonio Gamoneda.

Aquel gesto, que el propio Mestre ha interpretado como una suerte de testamento poético y mandato ético, actuó como detonante de una vocación entendida no solo como ejercicio estético, sino como tarea de pensamiento crítico y compromiso con los desheredados. Durante años, el joven poeta leyó y releyó esos libros sin descifrar del todo su código, pero fue asimilando poco a poco una «gramática insurgente» que desafiaba los usos convencionales de la lengua.

Entre las influencias explícitas, Antonio Gamoneda ocupa un lugar central. Mestre ha reconocido repetidamente que la obra del autor de «Sublevación inmóvil» trasciende lo puramente literario para encarnar la figura de un ciudadano ético, alguien cuya escritura se resiste a cualquier forma de complacencia con el poder. Gamoneda no solo ha sido un referente estilístico, sino también un modelo de actitud cívica y rigor moral.

Otra presencia clave es la de Saint-John Perse, cuya poesía visionaria y atravesada por el exilio ha dejado una marca perceptible en el tono y la imaginería de Mestre. Ambos comparten una fascinación por la palabra como territorio de revelación y por las voces migrantes que se sitúan en los márgenes de las historias oficiales. Esta cercanía se confirma en la monumental traducción de la «Obra poética» de Perse, realizada por Mestre y Alexandra Domínguez para Galaxia Gutenberg, un trabajo que la crítica ha calificado de «verdadera hazaña».

En ese mapa de afinidades hay también una relación estrecha con la tradición poética española y latinoamericana del siglo XX. Nombres como Juan Larrea, Luis Cernuda, León Felipe, Concha Méndez, María Zambrano o Clara Campoamor aparecen en su discurso como parte de una constelación de escritores y pensadores ligados a la derrota republicana, el exilio y la defensa de la libertad. Este diálogo con los «vencidos» se prolonga hacia figuras como Pier Paolo Pasolini, cuya muerte violenta simboliza para Mestre la caída en desgracia de ciertos valores éticos.

En el ámbito latinoamericano, la relación con poetas como Lêdo Ivo, Yevgueni Yevtuchenko (en su dimensión hispanoamericana), o su trato con autores de distintos países, ha afianzado la idea de la poesía como acto de fraternidad civil. La traducción conjunta con Guadalupe Grande de una antología de Lêdo Ivo, publicada como «La aldea de sal», y el poema «Cavalo morto» dan cuenta de ese intercambio constante entre orillas.

Poesía, política y memoria: una «asamblea» de voces

Uno de los rasgos que más destacan los estudiosos es la imposibilidad de separar en la obra de Mestre la dimensión poética de la política, entendida esta no tanto como militancia partidista, sino como intervención en el debate público y toma de postura frente a la injusticia. Desde sus primeros textos, se percibe una clara inclinación hacia los débiles, los marginados y quienes han sido expulsados del relato dominante.

Para el autor berciano, la poesía forma parte de una larga tradición de resistencia frente a los órdenes abyectos del mundo. No se trata de panfletarismo ni de consignas directas, sino de una forma de pensamiento que pone en cuestión las estructuras de poder, las lógicas del mercado y los discursos que intentan normalizar la desigualdad. El poema se convierte así en un lugar desde el que impugnar la naturalización de la violencia, ya sea económica, política o simbólica.

En esta línea, «Asamblea» se puede leer como un gran foro en el que comparecen los vivos y los muertos que nunca tuvieron voz. Campesinos, obreros, exiliados, víctimas de la represión, pero también animales, objetos y elementos naturales forman parte de un coro donde la palabra poética intenta restituir, al menos simbólicamente, la dignidad arrebatada. La memoria, entendida como presencia activa del pasado, configura el eje desde el que se piensa el futuro.

Mestre ha señalado en varias ocasiones que la poesía cayó en desgracia cuando comenzaron a derrumbarse los valores éticos que sostenían una convivencia más justa. Cita episodios como la desaparición de Ósip Mandelshtam en Siberia, el asesinato de Federico García Lorca o el exilio de buena parte de la intelectualidad republicana como momentos en los que la civilización de la palabra fue derrotada por la violencia. A ello suma tragedias contemporáneas como Auschwitz o Gaza, que muestran cómo la barbarie se reconfigura en distintos contextos.

En sus reflexiones sobre el presente, el poeta advierte del auge de nuevas formas de autoritarismo, el deterioro de la democracia y la sustitución de las sociedades de cultura por comunidades de consumo. Frente a ese panorama, la poesía se sitúa, a su juicio, en el lado de la resistencia, como uno de los pocos lenguajes capaces de recordar que nada significa dos veces lo mismo y que las víctimas y los verdugos no pueden ser equiparados bajo eufemismos reconciliadores.

Un creador total: palabra, voz e imagen

Más allá de los libros, la figura de Juan Carlos Mestre se ha configurado como la de un creador total que desborda las fronteras entre disciplinas. Sus recitales suelen incorporar la música en directo, con colaboraciones continuadas con artistas como Amancio Prada o Cuco Pérez, y un uso de la voz que convierte la lectura de poemas en una experiencia performativa. La oralidad, en su caso, no es un añadido, sino una prolongación natural del texto escrito.

Su faceta como artista visual abarca la pintura, el grabado, el dibujo, la escultura y la creación de libros de artista y cajas-objeto. Estas piezas, expuestas en galerías y centros culturales de Europa, América Latina y Estados Unidos, comparten con su poesía una imaginería onírica y una atención minuciosa a los detalles aparentemente insignificantes. La mezcla de materiales, colores y signos remite a un mismo impulso de recomponer fragmentos dispersos de realidad.

En este sentido, quienes han seguido de cerca su trayectoria insisten en que no existe una verdadera frontera entre lo que Mestre hace con las palabras y lo que hace con las manos. El poema se llena de imágenes plásticas, y sus obras visuales parecen, a menudo, páginas de un libro expandido en el espacio. «Asamblea» permite percibir este diálogo constante entre lenguajes, incluso cuando el lector solo tiene delante el texto impreso.

Su trabajo como traductor, especialmente en la «Obra poética» de Saint-John Perse, revela otra faceta de ese mismo compromiso con la lengua. Traducir, para Mestre, supone entrar en el taller de otro poeta y asumir la responsabilidad de trasladar un universo verbal entero a otra lengua sin traicionar su impulso original. El reconocimiento crítico a esta traducción confirma la solvencia de su oído y su capacidad para manejar registros muy distintos dentro del castellano.

Al mismo tiempo, su relación con la escena poética latinoamericana y europea, a través de festivales, lecturas y proyectos colectivos, consolida la imagen de un autor que concibe la poesía como un trabajo compartido, una empresa en la que el yo nunca está completamente solo. Los diálogos intergeneracionales, las colaboraciones con músicos y artistas y la presencia en espacios públicos refuerzan esa idea de la poesía como acto comunitario.

La aparición de «Asamblea» llega así en un momento en que buena parte del debate cultural en España y Europa se centra en la memoria histórica, la crisis de los modelos democráticos y el papel de la cultura en sociedades atravesadas por la desigualdad. El libro de Mestre, lejos de ofrecer respuestas sencillas, propone un viaje por un imaginario donde conviven la ternura y la rabia, el juego verbal y la denuncia, la intimidad y el gesto colectivo. Para lectores y especialistas, se perfila ya como una referencia ineludible dentro de la poesía contemporánea en castellano, tanto por su ambición formal como por la firmeza de su apuesta ética.


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El amor que nos deben. Parte tres

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Por Daniela Poblete Ibáñez

Han pasado varios años desde que escribí por primera vez sobre el amor que nos deben. Hoy, quise regresar a las páginas de Revista Emancipa porque; me gusta el amor.

 

Pero, resulta que “por amor” se trabaja muchísimo. Se cuida la vida de otras personas, se sostiene emocionalmente y se reorganiza la vida entera muy seguido. Todo eso, que tiene un valor económico perfectamente medible, se nos ha vendido como algo que brota naturalmente del corazón de las mujeres. El amor ha sido la excusa más bonita para justificar que el trabajo reproductivo no se valore o hasta se menosprecie.

 

Darse cuenta de que fuiste o que puedes volver a ser parte de ello, duele un poco, no voy a mentir. Pero también, nos hace saltar al vació y abre una puerta enorme: la posibilidad de construir desde otro lugar. Un lugar, que nos quita responsabilidades que nos dijeron eran naturales de las mujeres y etiquetas que nunca nos quedaron bien. Un lugar que nos aleja de esas expectativas imposibles de cumplir, donde teníamos que ser todo para todos, menos para nosotras mismas.

 

Ese amor, que estamos inventando viene con instrucciones distintas, pero no estandarizadas. Cada vínculo las construye, las negocia o las reinventa. Viene con consentimiento, no con suposiciones heredadas. Viene sin privilegios automáticos de nadie o sobre nadie. Viene con máximos cuidados, sí, pero un cuidado del vínculo construido en igualdad y equidad de condiciones. O al menos eso intentamos, porque seamos honestas: desaprender lo aprendido no es tarea de un fin de semana.

 

El feminismo nos enseña que el amor también es político, que no hay nada de neutral en cómo amamos, en qué esperamos de los vínculos o qué estamos dispuestas a dar y qué no. Exigir el amor que nos deben, no es ser egoístas o poco románticas. Es exigir reciprocidad real. Es negarnos a seguir subsidiando con nuestro tiempo y nuestra energía vital, un sistema que nos explota mientras nos dedica boleros, con todo lo que me gustan los boleros ¡que no se dejen de cantar nunca! 

 

El amor que nos deben, no viene en caja de bombones o flores. Es tiempo propio. Es poder elegir sin que la soledad sea una amenaza. Es reconocimiento del valor de lo que aportamos. Es poder construir vínculos donde la entrega sea mutua y no un sacrificio unilateral.

 

Y mientras tanto, mientras seguimos exigiendo esa deuda histórica, también estamos creando algo distinto. Un amor más libre, más honesto, más nuestro. Un amor que no necesita desigualdad para funcionar. Un amor donde también estamos incluidas nosotras.

 

Porque resulta que el amor que más nos debían, era el amor propio. Y este, finalmente, lo estamos cobrando.


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Isaac Julien y la palabra africana en las vanguardias

La Fundación Calparsoro, creada recientemente por el empresario y coleccionista Gabriel Calparsoro, ha presentado hoy en el Museo Lázaro Galdiano Once Again… (Statues Never Die) (2022), una de las últimas instalaciones cinematográficas realizadas por el artista británico Isaac Julien para abordar asuntos relevantes en los debates recientes sobre el arte y la cultura. Comisaría el proyecto, que puede verse hasta el 29 de marzo en pantalla doble, Bartomeu Marí.
En sus instalaciones y propuestas fílmicas, este artista trabaja para difuminar las fronteras entre el cine, la danza, la fotografía, la música, el teatro, la pintura o la escultura, y en concreto esta pieza supone en sus palabras un ejercicio de “restitución poética” respecto al peso del arte africano en las vanguardias artísticas de principios del siglo XX.
La narrativa de Once Again… (Statues Never Die) imagina diálogos entre el filósofo Alain Locke, impulsor del movimiento Harlem Renaissance, que combatió el racismo y procuró transformar la percepción de los afroamericanos en los veinte y los treinta, y el coleccionista y filántropo Albert C. Barnes, que fundó hace un siglo la Barnes Collection. En su trabajo les ponen voz los actores André Holland (Moonlight) y Danny Huston (Succession).
Ambos conversaron a través de textos y ensayos, que tuvieron eco histórico, y Julien ha buscado trasladar su conversación a la pantalla, haciéndoles hablar sobre ese rol del arte africano en el relato más difundido de la modernidad occidental. Explica Julien que le interesa reorganizar aquello que suele considerarse marginal para mostrar que no es un margen, sino el núcleo de la historia del arte moderno.
Isaac Julien. Once Again… Statues Never Die, 2022
Saldrá a nuestro paso en el Lázaro Galdiano un collage visual que conjuga imágenes rodadas en instituciones como la Barnes Collection, el Pitt Rivers Museum de Oxford y la Pennsylvania Academy of Fine Arts, y fragmentos de dos películas: de Looking for Langston (1989), del mismo Julien, y de otro film de los setenta del cineasta ghanés Nil Kwate Owoo, ambientado en los almacenes del British Museum de Londres, donde se conservan objetos de arte africano.
El recorrido comienza con la visita, ficticia, de una conservadora a las salas de un museo (el mencionado Pitt Rivers Museum), que cuenta con un buen número de armas y artefactos rituales africanos. A partir de ahí, la obra traza paralelismos entre las empresas coloniales en África y las actuales colecciones de los museos occidentales, sumando referencias a la expedición militar británica en Benín en 1897, capitaneada por George Leclerc-Everton, y a los lazos entre Locke y el artista Richmond Barthé.
Para incorporar a nuestro país a este proyecto se recuerda que el poeta Langston Hughes -el protagonista de Looking for Langston (1989), que Julien considera una precuela de Once Again… (Statues Never Die), vinculado a Harlem Renaissance– pudo conocer a Federico García Lorca durante su visita a la Universidad de Columbia en 1929. Años más tarde, el americano colaboró con su hermano, Francisco García Lorca, que fue profesor en esa misma universidad, en la traducción al inglés del Romancero gitano. Además, Hughes visitó España en 1937 como corresponsal de guerra, para dar cuenta de la actividad de los voluntarios afroamericanos en las Brigadas Internacionales.
La presentación de esta obra en el Lázaro Galdiano implica, asimismo, un fuerte contraste histórico entre la colección del museo de la calle Serrano y la de Albert C. Barnes. Mientras éste fue pionero en coleccionar las vanguardias europeas de inicios del siglo XX, las élites españolas se mostraron más reticentes a apoyar la renovación en las artes visuales.
El pasado reciente es, por tanto, el punto de partida de Julien en Once Again… (Statues Never Die), a medio camino entre el activismo y la experimentación artística. Quienes se queden con ganas de más podrán acudir, el sábado 7 de marzo en el Cine Doré de la Filmoteca Española, a la proyección de Looking for Langston (1989) y Les Statues Meurent Aussi (1953), de Chris Marker, Alain Resnais y Ghislain Cloquet. Tras la sesión, tendrá lugar una conversación entre Isaac Julien, Gabriel Calparsoro y Bartomeu Marí.
Isaac Julien. Once Again… Statues Never Die, 2022
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La nueva fiebre por ‘Cumbres borrascosas’: de Emily Brontë a la película de Emerald Fennell con Margot Robbie y Jacob Elordi

Isaac

Cumbres borrascosas Emily Brontë

‘Cumbres borrascosas’ ha vuelto a colarse en las conversaciones de lectores, cinéfilos y críticos, y no precisamente por una reedición discreta de la novela. La responsable de este nuevo revuelo es Emerald Fennell, directora británica conocida por el tono provocador de Una joven prometedora y Saltburn, que firma una nueva película inspirada en el clásico de Emily Brontë con Margot Robbie y Jacob Elordi como pareja protagonista.

Esta versión cinematográfica llega rodeada de hype, polémica y división de opiniones: desde quienes la disfrutan como un guilty pleasure ardiente y autoconsciente, hasta quienes la consideran una traición al espíritu de la novela. En medio de ese ruido, el libro original publicado en 1847 reaparece con fuerza, y las editoriales españolas y europeas aprovechan la ocasión para relanzar ediciones comentadas, lujosas y económicas de una obra que nunca ha dejado de generar debates intensos.

Una película que no quiere ser adaptación fiel

Lo primero que deja claro Emerald Fennell es que no pretende replicar al pie de la letra la novela de Emily Brontë. Las comillas con las que se anuncia el título -“Cumbres borrascosas”- funcionan casi como un aviso al espectador: lo que se ofrece es una reinterpretación libre, basada en sus propios recuerdos adolescentes de lectura y en su interés por jugar con el deseo, el erotismo y la imagen, más que por reconstruir el texto decimonónico.

En la película se simplifican tramas, se reordenan elementos y se eliminan capas enteras del relato original, en especial la historia de la segunda generación de los Earnshaw y los Linton, clave en la novela para mostrar la herencia del trauma y la posibilidad de romper el ciclo de violencia. Fennell opta por un desarrollo lineal, sin la estructura enmarcada en la voz de Nelly Dean y sin el filtro del señor Lockwood, que en el libro funcionan como narradores poco fiables y aportan distancia crítica.

Ese recorte deja el foco casi exclusivamente en la relación entre Catherine y Heathcliff, convertida aquí en un torbellino de pasión explícita y alta carga sexual, donde el subtexto gótico y el comentario social quedan relegados frente a la estilización visual, la música y un tono deliberadamente excesivo. Hay espectadores que agradecen esta apuesta sin complejos; otros la perciben como una versión superficial que vacía de contenido el drama original.

Película Cumbres borrascosas Margot Robbie Jacob Elordi

La propia campaña promocional ha alimentado esta dualidad. Entre teasers cargados de erotismo, frases diseñadas para volverse virales y apariciones constantes de Robbie y Elordi en alfombras rojas y entrevistas, la película se presenta tanto como un evento pop para el fin de semana de San Valentín como una relectura irreverente de un clásico gótico. De ahí que muchos críticos recomienden verla sin tener la novela demasiado fresca, o incluso sin haberla leído, para no entrar en la sala cargados de expectativas literarias imposibles de satisfacer.

La novela de Emily Brontë: un clásico incómodo y radical

Para entender por qué esta nueva adaptación genera tantas reacciones cruzadas, conviene regresar al punto de partida: la única novela que Emily Brontë publicó en vida, firmada en 1847 con el seudónimo masculino de Ellis Bell. Nacida en los parajes agrestes de Yorkshire y marcada por la enfermedad, el aislamiento y un entorno familiar complejo, la autora volcó en ‘Cumbres borrascosas’ una visión del amor y la violencia sentimental difícil de encajar incluso hoy.

Lejos de la imagen edulcorada que han difundido algunas adaptaciones, la novela no idealiza la relación entre Heathcliff y Catherine. Numerosos especialistas en literatura inglesa recuerdan que estamos ante una historia repleta de obsesiones, maltrato emocional, venganzas encadenadas y personajes incapaces de encontrar una felicidad estable. Heathcliff está lejos de ser un héroe romántico y Catherine no encaja en el molde de heroína ejemplar; su unión funciona más como advertencia que como modelo a imitar.

El trasfondo social también es decisivo. El libro retrata con crudeza las jerarquías de clase en la Inglaterra victoriana, el desprecio hacia quien viene de fuera, la violencia heredada y el peso de las estructuras familiares. Heathcliff, niño huérfano acogido por los Earnshaw, crece entre humillaciones y abusos, con Catherine como único refugio emocional. Cuando ella se casa con Edgar Linton para asegurar su futuro, la decisión se interpreta como una traición de clase que alimenta una espiral de rencor en la que la venganza se convierte en el motor del protagonista.

La segunda parte de la novela, a menudo reducida o directamente suprimida en las versiones audiovisuales, profundiza en esa dimensión de “maldión hereditaria”: los hijos de ambas familias repiten patrones de abuso y sometimiento

, hasta que una forma distinta de quererse abre la puerta a romper el círculo. Es precisamente esta lectura generacional, mucho más amarga que romántica, la que muchos temen que se pierda cuando el relato se simplifica para convertirlo en una pasión de temporada.

Novela Cumbres borrascosas Emily Brontë

Heathcliff, entre el mito romántico y el personaje tóxico

Uno de los grandes focos de discusión, tanto en la crítica literaria como en las redes y los clubes de lectura, es la figura de Heathcliff. Mientras los tráileres de la nueva película lo venden como un amante atormentado al que seguir “hasta el fin del mundo”, muchas lectoras y lectores subrayan que el Heathcliff del libro se parece más a lo que hoy llamaríamos una pareja profundamente tóxica.

En la novela, el personaje despliega una violencia psicológica extrema, comportamientos crueles hacia quienes le rodean y un afán de control que desborda cualquier fantasía romántica. Su matrimonio por despecho con Isabella Linton, por ejemplo, se presenta con un nivel de maltrato que lleva a algunos críticos contemporáneos a hablar abiertamente de un abusador. Esta lectura choca con la tendencia cultural a “lavarle la cara” al personaje cuando llega al cine o la televisión, transformándolo en un icono del amor maldito.

No todo el mundo, sin embargo, se aproxima al libro desde el rechazo. Hay quien admite sin tapujos disfrutar la novela como una experiencia oscura, casi como un placer culpable, donde lo inquietante y lo desagradable forman parte del atractivo. Esa misma ambivalencia se traslada ahora a la película: para algunos, ver en pantalla una pasión destructiva, exagerada y nada sana resulta hipnótico siempre que se entienda que no es un modelo deseable en la vida real.

Otros lectores, en cambio, confiesan que el clásico les resulta casi indigesto: personajes antipáticos, muertes encadenadas, estructura enrevesada, acentos transcritos fonéticamente que dificultan la lectura y una atmósfera tan lúgubre que les cuesta creer que alguien lo tenga como libro favorito. Esa diversidad de reacciones ayuda a explicar por qué cada nueva adaptación se recibe con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

Emerald Fennell, Margot Robbie y Jacob Elordi: una apuesta por el exceso

La directora británica llega a ‘Cumbres borrascosas’ con una reputación ya consolidada por proyectos anteriores marcados por la provocación y la estética muy calculada. En Una joven prometedora abordó los abusos sexuales y la venganza con una narrativa divisiva; en Saltburn llevó al límite la representación de la fascinación de clase y el deseo con escenas extremas. Ahora, con el clásico de Brontë, Fennell parece empeñada en consolidar una imagen de autora transgresora que no teme incomodar.

En esta ocasión cuenta además con el respaldo de dos estrellas de enorme tirón mediático. Margot Robbie, que ya produjo Barbie, figura aquí también como productora y rostro principal de la película, mientras que Jacob Elordi, convertido en nuevo favorito de la industria tras su paso por Euphoria y Saltburn, asume el rol de un Heathcliff que prioriza la presencia física y el magnetismo visual frente a la complejidad psicológica del texto original.

La química entre ambos actores se ha convertido en uno de los puntos más comentados: entrevistas, sesiones fotográficas y apariciones conjuntas han alimentado la percepción de que la relación de los protagonistas es el gran reclamo comercial de la cinta. Parte de la crítica celebra esa energía y la capacidad de la película para jugar con el deseo del espectador; otra parte reprocha que la apuesta por la imagen y el erotismo deje poco espacio para desarrollar a los personajes más allá de su función simbólica.

La puesta en escena refuerza esa sensación de exceso calculado: fotografía muy compuesta, colores intensos, simetrías trabajadas, vestuario deliberadamente anacrónico y un uso abundante de metáforas visuales -desde elementos cotidianos convertidos en símbolos hasta acumulaciones casi barrocas-. Para algunos espectadores, este enfoque convierte cada plano en un cuadro disfrutable; para otros, levanta una barrera emocional y les deja como observadores de una postal, más que como partícipes del drama.

Un debate encendido en la crítica española

En los medios culturales de España y Europa, las reacciones ante la película han ido desde la fascinación hasta el rechazo frontal. Hay articulistas que admiten haberse dejado llevar por la sensualidad de la propuesta, por la combinación de romanticismo clásico con un toque picante y contemporáneo, y que reconocen haber disfrutado más precisamente por no haber releído la novela antes.

Otros críticos han sido mucho más duros y describen el film como una lectura grotesca y descafeinada del original, centrada en la superficialidad de la imagen y en un erotismo insistente que, según su punto de vista, no llega a construir un conflicto dramático sólido ni un arco real para los personajes. Algunos artículos llegan a considerar que la cinta trivializa el feminismo y reduce a sus protagonistas a meras perchas sobre las que colgar un ejercicio estético.

En paralelo, abundan las piezas que animan a ver la película como una obra completamente independiente, casi como un fanfic de alto presupuesto, desligándola de la obligación de “estar a la altura” del clásico literario. Desde esta perspectiva, lo más razonable sería aceptar que la cinta no pretende sustituir al libro ni ofrecer una versión definitiva, sino aprovechar el imaginario de la obra para plantear un juego contemporáneo con el deseo, el recuerdo y el mito.

Esa diversidad de enfoques desemboca en una especie de acuerdo tácito: quien busque la complejidad moral, la violencia estructural y la profundidad psicológica de Brontë tendrá que acudir al texto; quien quiera dos horas largas de exceso visual y pasión exacerbada puede encontrar en la película un entretenimiento discutible pero llamativo, siempre que entre al cine con las expectativas bien colocadas.

Un clásico que no deja de reescribirse

El interés actual por ‘Cumbres borrascosas’ no se limita a la pantalla. En el ámbito editorial, sobre todo en España, se multiplican las novedades en torno al clásico: desde ediciones económicas pensadas para quienes se acercan por primera vez, hasta volúmenes anotados de gran formato dirigidos a lectores que ya conocen bien la historia.

Destaca especialmente la edición comentada que analiza el libro capítulo a capítulo, incluyendo estudios sobre la vida de Emily Brontë, el contexto victoriano, las influencias literarias, las distintas traducciones y las adaptaciones cinematográficas a lo largo del siglo XX y XXI. Se trata de un enfoque más académico y visual, con fotografías de manuscritos, ilustraciones, portadas históricas y fotogramas de películas, que busca acompañar a quienes desean profundizar en la obra más allá de una lectura aislada.

A estas propuestas se suman nuevas traducciones al castellano y reediciones en sellos como Siruela, Molino, Alianza o Austral, cada una con un tono y un público diferente: desde ediciones de lujo para regalar hasta versiones de bolsillo accesibles para estudiantes y clubes de lectura. Este movimiento editorial confirma que el interés por el género gótico y las historias de atmósfera oscura está viviendo un nuevo auge entre lectores jóvenes.

En el fondo, la novela de Emily Brontë se beneficia de cada polémica: cuanto más se discute sobre si una adaptación la deforma, la exagera o la suaviza, más personas sienten curiosidad por volver a los páramos de Yorkshire en la página escrita. Y esa capacidad de seguir generando relecturas, ediciones y disputas críticas casi dos siglos después es una de las pruebas más claras de que seguimos hablando de un clásico vivo.

Entre el fenómeno fan que rodea a la película de Emerald Fennell, las voces críticas que le reprochan frivolizar un relato ferozmente oscuro y la avalancha de nuevas ediciones y comentarios en España y Europa, ‘Cumbres borrascosas’ vuelve a situarse en el centro del debate cultural. La novela de Emily Brontë, incómoda, salvaje y difícil de clasificar, se mantiene como referencia obligada, mientras su nueva encarnación en pantalla divide al público entre quienes se dejan arrastrar por la pasión filmada y quienes prefieren regresar al viento helado de los páramos originales para encontrar allí, sin filtros ni comillas, la fuerza de un clásico que todavía no ha dicho su última palabra.


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Mestizo y formativo: el Festival de Flamenco de Jerez cumple treinta años

Daniel Diosdado
La que el próximo 20 de febrero comienza en Jerez no será una edición más de su Festival de Flamenco: coincidiendo con sus tres décadas de trayectoria, esta cita quiere celebrar la diversidad de este género y consolidar a la ciudad gaditana como punto de encuentro para todos los amantes y profesionales de la danza española.
Con la misión de preservar la memoria de esa andadura ya larga y de abrir caminos al futuro, vías para potenciar la libertad creativa y otras formas de sentir y experimentar este arte, este proyecto, que espera atraer a más de 20.000 espectadores, programará casi cincuenta espectáculos, de los que una quincena serán estrenos, en su mayoría absolutos.
El Teatro Villamarta, epicentro del festival, la Sala Compañía, los Museos de la Atalaya, el Palacio de Villavicencio, el Centro Social Blas Infante y el Teatro La Gotera de Lazotea -este último se incorpora este 2026 como escenario de un breve ciclo de piano- serán sedes de una programación que, en esta ocasión, pretende ser especialmente permeable y mestiza y dar cabida a figuras consolidadas y a las nuevas generaciones. Algunas propuestas, incluso, acercarán el baile a la pintura, la escultura, el audiovisual o la literatura.
Uno de los sellos de este certamen, y ahora no variará, ha sido el acento puesto en la formación: en las dos semanas que durará (del 20 de febrero al 7 de marzo, no lo habíamos dicho) tendrán lugar hasta cuarenta y seis talleres y cursos prácticamente ya completos, pues se han apuntado más de un millar de personas de cuarenta nacionalidades, muchas de ellas repitiendo experiencia.
El festival ha convertido a Jerez, para los aficionados al flamenco, en capital de esta disciplina, no sólo en estas fechas, sino con carácter permanente, para todas las generaciones; los asistentes no suelen ser espectadores ocasionales, sino miembros de un ecosistema cultural que esperan hallar en lo que ven un lenguaje vivo, exigente y honesto, en palabras del director del evento, Carlos Granados.
La oferta, que incluirá a figuras como Carmen Herrera, Santiago Lara, Olga Pericet, Nino de los Reyes, Sara Calero, Yerai Cortés o Alba Bazán, se ampliará con un ciclo de documentales, organizado en colaboración con el Festival de Cine con Acento, una iniciativa joven y en crecimiento. Podrán verse Hijos del compás, de Miguel Forneiro; La gran redada, de Pilar Távora; y Antonio, el Bailarín de España, de Paco Ortiz. Como parte de esta alianza entre cine y danza, el Festival de Jerez otorgará un premio específico en la próxima edición del certamen fílmico.
El pensamiento crítico tendrá también su espacio con una conferencia de Joaquín López Bustamante en torno a José Manuel Caballero Bonald y Félix Grande, así como con los conversatorios organizados por IFI Jerez, que reunirán a periodistas internacionales especializados, gestores culturales y artistas en diálogos abiertos. En el terreno expositivo, el ilustrador y diseñador gráfico Daniel Diosdado presentará en el coworking Cultura y Empresa de la Cámara de Comercio de Jerez una retrospectiva de los carteles que han marcado la identidad visual del festival en la última década. Por su parte, la muestra “Monstruos del flamenco”, de José Maldonado, pondrá de relieve los nexos posibles entre artes plásticas y escena, mientras los Claustros de Santo Domingo albergarán un ya habitual guiño de homenaje a las cursillistas a través de la mirada de Águeda Saavedra.
Por último, con la colaboración de la Fundación Cajasol, se sumará una programación especial, el viernes 27 de febrero, con un concierto de La Tremendita en la Casa Don Zoilo.
Toda la información puede consultarse aquí: www.festivaldejerez.es
Daniel Diosdado

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El espectáculo de danza ‘Romance Sonámbulo’ llega al CAEM de Salamanca

Isaac

Espectáculo de danza Romance Sonámbulo

El Centro de las Artes Escénicas y de la Música (CAEM) de Salamanca se prepara para recibir una de las propuestas más singulares de la danza española actual: el espectáculo de danza ‘Romance Sonámbulo’, firmado por la Compañía Antonio Najarro. La función tendrá lugar este sábado a las 20:00 horas, enmarcada como una de las citas culturales más destacadas del fin de semana en la ciudad.

Con un montaje que combina danza, música en directo y poesía lorquiana, la pieza se construye alrededor del universo creativo de Federico García Lorca, revisitando algunos de sus versos más enigmáticos y sensibles. El resultado es un viaje escénico que se apoya en la tradición de la danza española, pero que busca también un lenguaje actual y cercano al público.

Un homenaje escénico al universo poético de García Lorca

El título del espectáculo toma como referencia uno de los romances más célebres del Romancero gitano de Lorca, el ya mítico ‘Romance sonámbulo’. Este poema, que ha sido leído, recitado y cantado durante generaciones, sirve como columna vertebral de la obra, articulando una historia cargada de simbolismo, pasión y tragedia.

Sobre ese eje se construye la narración coreográfica de un joven contrabandista herido que busca refugio en casa de su amada, una muchacha gitana. Al creer que ha sido abandonada, la joven se quita la vida y es hallada muerta en un aljibe, configurando así un relato de amor frustrado y destino fatal. La coreografía traslada a escena ese clima tenso y casi onírico que atraviesa el poema.

El propio Federico García Lorca describía este romance como una obra cargada de anécdota y dramatismo, marcada por un misterio que ni él mismo podía explicar del todo. Ese «misterio poético» se convierte en motor del espectáculo, que busca plasmar en movimiento esa sensación de enigma permanente, más sugerido que contado de forma literal.

Lejos de limitarse al poema que da nombre a la producción, la propuesta se adentra en la etapa más «lunar» y misteriosa de Lorca, abarcando desde los textos de juventud incluidos en ‘Libro de poemas’ hasta las composiciones más maduras de ‘Diván del Tamarit’. De esta forma, el montaje traza un recorrido por el despertar artístico del autor granadino y por el esplendor de su trayectoria creativa.

La atmósfera del espectáculo se apoya en imágenes recurrentes en la obra lorquiana: el rumor del agua, los aljibes, los pozos y los surtidores, elementos que evocan tanto la vida como la muerte, el deseo y la ausencia. Estos símbolos se integran en la dramaturgia y en la escenografía, reforzando el carácter evocador del montaje.

La huella de las tres culturas y la diversidad de la danza española

En el corpus de poemas que inspira la pieza se percibe con claridad la presencia de las tres culturas que marcaron la Granada de Lorca: la hispanoárabe, la judía y la cristiana. El espectáculo recoge esa mezcla de raíces y la traslada al cuerpo de los bailarines, articulando un lenguaje escénico donde conviven diferentes tradiciones.

Esta riqueza cultural permite desplegar un amplio abanico de estilos de la danza española. A lo largo de la función se suceden pasajes de flamenco, momentos de danza estilizada, referencias a la escuela bolera e incluso pinceladas de danza contemporánea, todo ello entrelazado con una base de técnica clásica que sostiene la propuesta.

Más que un simple recital coreográfico, ‘Romance Sonámbulo’ se presenta como un diálogo entre poesía, música y movimiento, en el que cada disciplina alimenta a las otras. Los versos de Lorca funcionan como brújula emocional, mientras que la danza da forma física a las imágenes del poeta y la música envuelve al espectador en una atmósfera nocturna y casi hipnótica.

El resultado es un espectáculo que, sin renunciar al rigor técnico, apuesta por una lectura contemporánea del legado lorquiano, acercando su obra a nuevos públicos sin perder el vínculo con la tradición. El público se encuentra así con un Lorca reconocible, pero filtrado a través del lenguaje de la escena actual.

La Compañía Antonio Najarro: catorce bailarines y música original en directo

Al frente de la producción se sitúa la Compañía Antonio Najarro, considerada una de las formaciones de referencia en el panorama de la danza española. Desde su creación, la compañía ha apostado por mostrar nuevas tendencias y por renovar el repertorio de la danza clásica española y estilizada, manteniendo siempre un alto nivel de exigencia artística.

Para este montaje, el grupo llega al CAEM con una formación de catorce bailarines especializados en distintos estilos: flamenco, danza estilizada, escuela bolera, danza contemporánea y ballet clásico. Esta diversidad de perfiles permite abordar con solvencia la mezcla de lenguajes que exige una pieza como ‘Romance Sonámbulo’.

Uno de los rasgos distintivos de la propuesta es la presencia de música original interpretada en directo por una plantilla de músicos de reconocido prestigio. La partitura ha sido concebida específicamente para el espectáculo, de forma que acompaña y potencia cada secuencia coreográfica, reforzando el ritmo dramático de la obra.

Desde su arranque en 2002, la compañía ha desarrollado siete producciones de gran formato, entre ellas títulos como ‘Tango Flamenco’, ‘Flamencoriental’, ‘Jazzing Flamenco’, ‘Suite Sevilla’, ‘Alento’, ‘Querencia’ o ‘La Argentina en París’. Estas creaciones se han presentado en escenarios nacionales e internacionales, consolidando la trayectoria del grupo y su capacidad para conectar con públicos muy diversos.

Con ‘Romance Sonámbulo’, la formación dirigida por Antonio Najarro refuerza su línea de trabajo: fusionar tradición y vanguardia, reivindicando la danza española como un arte vivo y en constante evolución, capaz de dialogar con la literatura y con otros lenguajes escénicos.

Detalles prácticos: horario, entradas y puntos de venta

La representación de ‘Romance Sonámbulo’ tendrá lugar este sábado a las 20:00 horas en el escenario del Centro de las Artes Escénicas y de la Música, convertido para la ocasión en un espacio donde la palabra poética y la danza comparten protagonismo.

Las localidades para asistir al espectáculo se han puesto a la venta con tres franjas de precio: 15, 20 y 25 euros, en función de la zona elegida dentro del recinto. De este modo, la organización busca facilitar el acceso a diferentes tipos de público, desde espectadores habituales de danza hasta personas que se acercan por primera vez a este tipo de propuestas.

Quienes deseen adquirir sus entradas pueden hacerlo de forma presencial en la taquilla del Teatro Liceo, en el horario habitual de venta, o bien optar por la compra online a través de la página web oficial www.ciudaddecultura.org. Se recomienda no dejar la gestión para el último momento, dado el interés que está despertando la cita.

La programación del CAEM refuerza así su apuesta por la danza como parte esencial de la oferta cultural de Salamanca, acercando al público producciones que combinan calidad interpretativa, investigación artística y diálogo con los grandes nombres de la literatura en lengua española.

Con todos estos elementos —la fuerza de la poesía de García Lorca, la solidez de la Compañía Antonio Najarro, la mezcla de estilos de danza española y la música original en directo—, ‘Romance Sonámbulo’ se presenta como una ocasión singular para disfrutar de un ballet inspirado en la tradición pero con mirada actual, que convierte el escenario del CAEM en un espacio donde se cruzan la memoria, el misterio y la emoción compartida con el público.


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